Ser una mujer en la postmodernidad es algo que no busqué. No me quejo, es sólo que no entiendo muy bien el momento; eso es parte de la naturaleza del hombre de la época.
Entiendo lo de la incertidumbre. Incluso mucho antes de leer teoría postmoderna, ya sentía una mezcla de temor y desconcierto frente al futuro. Recuerdo un seminario intercolegiado de filosofía cuando estuvo de moda leer "No Nacimos pa’Semilla". Recuerdo las sesiones sobre existencialismo, las disertaciones sobre el libro y la profunda sensación de vacío que me generaron. Nadie nos explicó la causalidad histórica del tema. Nadie nos dijo que de igual manera se sentían millones de personas en el mundo. Sí, mal de muchos, consuelo de tontos. Pero habría sido más fácil observar la cantidad de fenómenos sociales de la ciudad y del país, y sus tremendos matices y contrastes, el miedo, el morbo, la transformación súbita, el caos, los imaginarios, bajo la óptica postmoderna.
También entiendo, sólo desde la razón, otros conceptos. Lo de la primacía de la comunicación y del lenguaje. Lo de las mediaciones para entender los cambios del mundo. Lo de la confrontación para el crecimiento personal u organizacional.
Pero cada vez veo hombres y mujeres más perdidos. Jóvenes que viven por inercia. Personas que apenas intuyen dónde están parados, que no pueden explicar con coherencia lo que les pasa alrededor porque en realidad no lo comprenden. Empleados con ninguna capacidad de argumentación, que le huyen al debate y a la crítica, que a duras penas pueden redactar sin errores medio párrafo. Consumidores de textos de superación con las antiguas y baratas fórmulas de Bach y Mandino: ‘Si lo quieres, lo puedes. Házlo’.
Entiendo lo de la incertidumbre. Incluso mucho antes de leer teoría postmoderna, ya sentía una mezcla de temor y desconcierto frente al futuro. Recuerdo un seminario intercolegiado de filosofía cuando estuvo de moda leer "No Nacimos pa’Semilla". Recuerdo las sesiones sobre existencialismo, las disertaciones sobre el libro y la profunda sensación de vacío que me generaron. Nadie nos explicó la causalidad histórica del tema. Nadie nos dijo que de igual manera se sentían millones de personas en el mundo. Sí, mal de muchos, consuelo de tontos. Pero habría sido más fácil observar la cantidad de fenómenos sociales de la ciudad y del país, y sus tremendos matices y contrastes, el miedo, el morbo, la transformación súbita, el caos, los imaginarios, bajo la óptica postmoderna.
También entiendo, sólo desde la razón, otros conceptos. Lo de la primacía de la comunicación y del lenguaje. Lo de las mediaciones para entender los cambios del mundo. Lo de la confrontación para el crecimiento personal u organizacional.
Pero cada vez veo hombres y mujeres más perdidos. Jóvenes que viven por inercia. Personas que apenas intuyen dónde están parados, que no pueden explicar con coherencia lo que les pasa alrededor porque en realidad no lo comprenden. Empleados con ninguna capacidad de argumentación, que le huyen al debate y a la crítica, que a duras penas pueden redactar sin errores medio párrafo. Consumidores de textos de superación con las antiguas y baratas fórmulas de Bach y Mandino: ‘Si lo quieres, lo puedes. Házlo’.
Hay ciertos roles en la sociedad que de desempeñarse adecuadamente de manera generalizada, permitirían tender puentes entre la mente y el sentimiento. Uno de esos papeles lo tienen en teoría los periodistas y comunicadores, y sin embargo conforman un gremio cada vez más mediocre. No es sólo que les falten elementos para un correcto ejercicio de la profesión, es que no reconocen que les faltan. Es que creen tener las mejores cartas en el juego. Es que son tan miopes que renuncian al entendimiento. Víctimas y victimarios de la postmodernidad, carentes de interpretación frente a las transformaciones, expectativas y temores de los hombres de esta época... pero con todas las ínfulas del caso.
Lo digo con conocimiento de causa, porque pertenezco a ese gremio; y no creo estar salvada, aunque tenga como flotador el haber quemado el estandarte del informador - educador; el horrorizarme todos los días con lo que veo y escucho en la radio y en la televisión, y llenarme de razones para intentar ser distinta, para enaltecer lo sublime del silencio.
6 comentarios:
Cuando escribes sobre "enaltecer lo sublime del silencio" no hablas de callarte, ¿verdad?.
Luego de leerte -siempre, luego de leerte-, cruzo los dedos para que no sea así.
...un puente...
Aprovecho para felicitarte. Hablé esta semana con Pala y me contó lo de tu nuevo trabajo. Qué envidia, qué puestazo, qué buena adquisición la de Nestlé y qué pérdida tan grande la de la Equidad. Te deseo lo mejor y no sabes la envidia que me da. Qué tesa, te admiro muchísimo.
En "teoría" todas las profesiones y aún los oficios permitirían tender puentes entre "la mente y el sentimiento"... pero la realidad nos golpea mostrandonos que la formación académica, los colegios y las universidades terminan convirtiendose en máquinas de moler sueños para obtener una pasta homogénea,amorfa y acrítica de nuestro presente y aún de nuestra historia, máquina en la que como individuos terminamos difuminados y al servicio de la eterna repetición de nuestros males.
Todo esto causa angustia, desasosiego, horror ante la impotencia, de ahí, creo yo, la tendencia a preferir la inercia, pues en todo caso es más facil no pensar.
La frustracion esta en lo alto de la expectativa. Hace 150 años nadie sabia escribir ni leer. Digo nadie porque en la estadistica 3 de doscientos mil, son ninguno. La incertidumbre esta en la frustracion de un sueño que no se cumplio para los que pusieron la meta. Yo hoy no tengo metas. No las quiero porque son las que hacen que el planeta se caliente. El problema es identificar sueño con meta. Por eso algunos dicen que estamos dizque en la posmodernidad, porque se dieron cuenta de ella.
¿Cuál es tu meta? ¿Coincide con la de la humanidad? ¿Acaso la humanidad tiene meta?
¿volverás a publicar en un rato de sábado algo por acá?
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