Hay en nuestra sala una caja con CD´s del álbum PALABRAS de Pala que no me canso de mirar con lágrimas en los ojos. Es el trabajo de los 3 últimos años, porque incluye además como bonus disc o ñapa el COLOMBIANITO, grabado y mezclado en 2004, pero que por cosas de la vida no habíamos podido prensar.
(Cuña: la edición es ultralimitada, así que separen $30.000 para comprarlo en el lanzamiento de Medellín el 23 de noviembre o de Bogotá el 29 de noviembre).
Perdonen que hable en plural. No es que quiera ganar indulgencias con padrenuestros ajenos. Es la conciencia de un sueño compartido desde hace 10 años, o si lo prefieren, de una empresa familiar en el mejor sentido de la expresión.
Lejos de pretender aburrir con anécdotas o crónicas de cómo transitar el difícil camino del artista independiente (más apropiadas para una noche con vino, tequila, buena música y variados tentempiés..."si les provoca"), deseo dejar testimonio del honor que para mí representa acompañar a PALA en esta búsqueda.
Han sido muchos los tropiezos, como al tiempo diversas las satisfacciones, las lágrimas y las carcajadas, las noches sin dormir, las espaldas con espasmo, los cálculos y la incertidumbre, las arrugas y el reflujo, los brindis, los abrazos en la madrugada, los toques con multifunciones, los reinicios, las frustraciones, las esperanzas...
Van quedando frases maravillosas, historias que quitan el aliento, palabras unidas a otras palabras que brillan y seducen, ideas estimulantes, reflexiones que golpean, canciones magníficas que hacen el milagro de cercenar el cansancio y poner oxígeno: ¡la música de PALA!
Eso vale todo. Esto vale todo.
Gracias PALA por tus letras, que muchos más merecen escuchar.
(Las otras cosas, felicitaciones y demás agradecimientos te los digo en la cama).
Conversación siempre abierta. Ideas en punta y anotaciones sueltas que no aspiran a columna de opinión.
domingo, 19 de noviembre de 2006
viernes, 17 de noviembre de 2006
Comienzo de inicio
Su siguiente intento fue dejar de parpadear. Respiraba profundamente, como esperando que cada exhalación se llevara parte de la natural y a veces ardorosa costumbre de abrir y cerrar los ojos para no perder contacto con la verdad de la imperfección humana, que obliga a recordar que hay un mundo interior o, al menos, que los ojos no se pueden lubricar solos.
Hace tiempo que había decidido reducir al máximo sus esfuerzos por vivir. Pasó cuando supo que en cualquier momento podría morir sin que eso dependiera de él. ¿Qué significado tenía entonces despertarse temprano a hacer deporte? ¿Para qué esmerarse en hacer un café que quizás no tomaría?
Ese día era igual a todos los días que siguieron al instante en que conoció la muerte. No se detenía a pensar razones. No quería acumular recuerdos. No quería apegos. Dedujo que la mejor forma de vivir era creer que al cruzar la calle nunca llegaría a la siguiente esquina.
Ese día era igual a todos los días, y por primera vez en muchos días se percató de que estaba percatándose de eso.
Nació así el intento por dejar de parpadear. El deseo de desconectarse, incluso de sus instintos más naturales. Respiraba lento, muy lento y se esforzaba por mantener los ojos abiertos. Empezó a fundir sus percepciones del mundo y dejó de diferenciar colores y siluetas. Llegó a ignorar qué dimensión estaba habitando. Logró que la sensación de dolor se pareciera a estar dormido... ya no podía recordarlo.
Pero la imagen comenzó a cambiar... Algo se movía en el borroso espejismo y un ardor intenso acompañado de humedad y de sombra lo regresó en caída libre al espacio conocido. La mano derecha golpeó el ojo y se cerró sobre un cuerpo informe y blando cubierto de sangre.
Corrió, se lanzó a la puerta, chocó con varios muebles antes de encontrar lo que estaba buscando. Entró en la ducha y empezó a sentir el agua fría que disipaba el horror. Suspiró. Frotó su cara. Comenzó a reír a carcajadas.
Hace tiempo que había decidido reducir al máximo sus esfuerzos por vivir. Pasó cuando supo que en cualquier momento podría morir sin que eso dependiera de él. ¿Qué significado tenía entonces despertarse temprano a hacer deporte? ¿Para qué esmerarse en hacer un café que quizás no tomaría?
Ese día era igual a todos los días que siguieron al instante en que conoció la muerte. No se detenía a pensar razones. No quería acumular recuerdos. No quería apegos. Dedujo que la mejor forma de vivir era creer que al cruzar la calle nunca llegaría a la siguiente esquina.
Ese día era igual a todos los días, y por primera vez en muchos días se percató de que estaba percatándose de eso.
Nació así el intento por dejar de parpadear. El deseo de desconectarse, incluso de sus instintos más naturales. Respiraba lento, muy lento y se esforzaba por mantener los ojos abiertos. Empezó a fundir sus percepciones del mundo y dejó de diferenciar colores y siluetas. Llegó a ignorar qué dimensión estaba habitando. Logró que la sensación de dolor se pareciera a estar dormido... ya no podía recordarlo.
Pero la imagen comenzó a cambiar... Algo se movía en el borroso espejismo y un ardor intenso acompañado de humedad y de sombra lo regresó en caída libre al espacio conocido. La mano derecha golpeó el ojo y se cerró sobre un cuerpo informe y blando cubierto de sangre.
Corrió, se lanzó a la puerta, chocó con varios muebles antes de encontrar lo que estaba buscando. Entró en la ducha y empezó a sentir el agua fría que disipaba el horror. Suspiró. Frotó su cara. Comenzó a reír a carcajadas.
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