Hay palabras complicadas. Hay palabras que debieran ser tomadas en su estricta definición. Palabras o frases que por ser tan amplias acaban como paraguas o salida de emergencia para quedar bien con todos y no tardarnos demasiado. El problema es que luego, de tanto decirlas y oírlas, acaban perdiendo sentido.
Desarrollo es una de ellas. Desarrollo humano es otra. Para muchos es como realización, ejecución o producción. Y combinada les suena a mejoramiento de la calidad de vida, a progreso, bienestar o logro de objetivos. De alguna manera, puede ser todo a la vez; de otra, puede que se haya convertido en un término-fórmula ideal, y que para otros muchos simplemente ya no diga nada.
Todos los días lo repiten la televisión, la prensa, las industrias, los políticos y la iglesia. Si miráramos desprevenidamente tal vez podríamos asegurar que en este país y en los demás todos van hacia el mismo lado, pues todos sus discursos tienen como una de las tantas banderas el desarrollo humano. Según ellos son filántropos, dedican sus esfuerzos personales al sueño de una mejor vida para los otros, aspiran a construir un nuevo país, sirven mejor a sus televidentes y lectores, atienden mejor las necesidades de sus empleados, atienden las peticiones de sus conciudadanos, acompañan más a sus feligreses...
Pero entonces, ¿dónde está el hoyo negro por donde desaparece toda esa lucha?
Quizás en realidad no es eso lo que buscan, o quizás -si les damos el beneficio de la duda- es que avanzan en distintas direcciones, es decir, sus ideas de desarrollo humano van por separado y a veces no se tocan en ningún punto.
Y la gente, de tanto oírlos y seguir en las mismas, ya no cree.
Hablar de desarrollo humano en este contexto es algo complejo. Recuperar el término implica más que sacarlo de los discursos vacíos. El discurso no puede desaparecer porque es la conexión conceptual con la población para la que se trabaja. Pero sí debe armarse de nuevo, teniendo en cuenta los demás enfoques existentes y partiendo, ojalá, de un proyecto de desarrollo humano coherente y compartido.
Aquí sigue el problema. Si durante toda la vida de la República no se ha podido formular un proyecto de nación, ¿qué esperanzas podríamos tener ahora de seguir el orden correcto?
Algunos responderán que el paso adecuado es pegarnos de teorías como la de Max Neef y redactarlas a modo de proyecto. Sin embargo la realidad colombiana es tan sui-generis que debe ser la lupa con la que se mire la teoría.
Que los diversos actores del país tengan un único proyecto de desarrollo humano es una utopía. Pero si se parte de un mismo marco, la variedad será una riqueza.
Claro que proyecto y discurso no son suficientes. Estos se complementan y retroalimentan con la acción. En realidad la congruencia es lo más difícil. Debe quedar absolutamente claro que lo que se hace parte de lo que se expone todos los días. Casi siempre el actuar hace que sobre el decir.