viernes, 17 de noviembre de 2006

Comienzo de inicio

Su siguiente intento fue dejar de parpadear. Respiraba profundamente, como esperando que cada exhalación se llevara parte de la natural y a veces ardorosa costumbre de abrir y cerrar los ojos para no perder contacto con la verdad de la imperfección humana, que obliga a recordar que hay un mundo interior o, al menos, que los ojos no se pueden lubricar solos.

Hace tiempo que había decidido reducir al máximo sus esfuerzos por vivir. Pasó cuando supo que en cualquier momento podría morir sin que eso dependiera de él. ¿Qué significado tenía entonces despertarse temprano a hacer deporte? ¿Para qué esmerarse en hacer un café que quizás no tomaría?

Ese día era igual a todos los días que siguieron al instante en que conoció la muerte. No se detenía a pensar razones. No quería acumular recuerdos. No quería apegos. Dedujo que la mejor forma de vivir era creer que al cruzar la calle nunca llegaría a la siguiente esquina.

Ese día era igual a todos los días, y por primera vez en muchos días se percató de que estaba percatándose de eso.

Nació así el intento por dejar de parpadear. El deseo de desconectarse, incluso de sus instintos más naturales. Respiraba lento, muy lento y se esforzaba por mantener los ojos abiertos. Empezó a fundir sus percepciones del mundo y dejó de diferenciar colores y siluetas. Llegó a ignorar qué dimensión estaba habitando. Logró que la sensación de dolor se pareciera a estar dormido... ya no podía recordarlo.

Pero la imagen comenzó a cambiar... Algo se movía en el borroso espejismo y un ardor intenso acompañado de humedad y de sombra lo regresó en caída libre al espacio conocido. La mano derecha golpeó el ojo y se cerró sobre un cuerpo informe y blando cubierto de sangre.

Corrió, se lanzó a la puerta, chocó con varios muebles antes de encontrar lo que estaba buscando. Entró en la ducha y empezó a sentir el agua fría que disipaba el horror. Suspiró. Frotó su cara. Comenzó a reír a carcajadas.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

gracias. gracias por volver con aquella voz que es parte de mi devoción... del talento que a todos nos enamoró.

el silencio no te merece amor, no calles. mis ojos también te esperan.

Anónimo dijo...

Y el cuento es el espejo de una historia.
Y el cuento tiene final feliz porque te veo en casa.
Y el cuento es delicioso porque sos la protagonista.
Digo como Juan: ¡gracias! ¡No pares, please!